Cuando al fin nos vamos de casa

Todos tenemos momentos decisivos en los que nos cambian la vida. El de Martin Luther King fue cuando hizo su discurso en Washington, el de Marie Curie cuando consiguió aislar los isótopos radioactivos… y el mío llegó cuando firmé la compra de mi primera casa.

Tengo casi 30 años y aunque pueda parecer una edad muy tardía para independizarme lo cierto es que no lo es tanto.

Según los últimos datos publicados por el Observatorio de emancipación del Consejo de la Juventud de España la edad media en la que los jóvenes decidimos dejar la casa de nuestros padres es de 29,4 años, una cifra que se eleva hasta los 30,4 años en el caso de los hombres. Tanto es así que en Navarra sólo el 25,90% de los menores de 30 años saben lo que es dejar el nido.

En mi caso todo comenzó hace dos años. Lo cierto es que no tenía planeado comprarme ninguna casa pero vi la oportunidad y me lancé a ello. Un piso de dos habitaciones situado en el barrio donde me he criado, donde está toda mi familia y mis amigos. Se trata de una vivienda de nueva construcción por lo que a pesar de que ya he tenido que adelantar parte del dinero todavía no he podido disfrutar de ella.

Durante todo este tiempo han pasado muchas cosas. España ha vivido sin gobierno durante un año, Osasuna ha subido a primera y ha vuelto a bajar… e, incluso, he tenido que ver como un par de amigos míos se independizaban antes que yo.

Esto último no lo digo con envidia si no con miedo. He visto cómo contrataban hipotecas, cómo tenían debates internos sobre si era mejor un estore o una cortina, cómo hacían viajes a una tienda de muebles sueca y volvían con cosas que no necesitaban “pero estaban a un precio que no me he podido resistir”. Mientras tanto yo he estado más cerca de la jubilación que nunca ya que he descubierto el placer de mirarlas obras… al fin y al cabo es lo más cerca que podía estar de mi casa.

Pero comprarte una vivienda no sólo te acerca a la jubilación, también a otros idiomas. Concretamente al chino. T.A.E., T.I.N., Cirbe, carencia de amortización, subrogación, diferencial, Euribor… Nunca pensé que palabras así podían formar parte de mi vocabulario hasta que empecé a buscar una hipoteca. Es cierto que estamos en un buen momento para este tipo de contratos pero también es verdad que por mucho que te informes siempre te quedas con la duda de si has tomado la mejor opción. Y es que cuando te compras una casa parece que tu vida entera gira en torno a ello. Tu madre ya no realiza ninguna tarea del hogar sin describirte paso por paso cómo se hace.

Tu padre te obliga a encargarte de todas las reparaciones de casa “para que vayas aprendiendo”. Y tus amigos ya sólo te escriben por Facebook para etiquetarte en vídeos donde puedes ver los muebles más prácticos para una casa o te enseñan a reciclar botellas de plástico usadas para convertirlas en elementos de decoración.

Y es que la vida del comprador de vivienda es apasionante.

Cuando no estás descubriendo el mundo de las hipotecas ni viendo obras te dedicas a los programas de decoración. ¡No os podéis ni imaginar la cantidad de cosas que se pueden hacer con palés! Sí, lo reconozco… desde ese momento cuando veo en la basura una de esas preciosas maderas me cuesta no recogerlas y llevármelas para casa.

Pero no es lo único que quieres recopilar de forma compulsiva. También lo haces con los catálogos de muebles, la biblia de cualquier comprador de vivienda. No lo digo porque es el lugar donde puedes ver los diferentes elementos que van a componer tu casa, que también, si no porque se convierte en una fuente de ideas de decoración inagotable. Es el lugar perfecto para decidir de qué color vas a pintar tus paredes, qué tipo de alfombras vas a poner y si los cuadros van a ir colgados o apoyados en repisas. Porque, sí, la moda ahora es poner una repisa y apoyar allí los cuadros.

Donde también se encuentra mucha “inspiración” es en las casas de tus amigos y familiares. Ya no puedo ir a una vivienda ajena sin analizar todo lo que está allí dentro para ver qué cosas puedo copiar. Por ahora tengo varias ideas que no quiero confesar para no ser acusado de ladrón, pero sí reconoceré que si quisieran presentar cargos en mi contra todas las pruebas las encontrarían en mi teléfono. Ahora mismo hay más fotos de cocinas y cuartos de estar que selfies. De hecho, he llegado a tener selfies donde el protagonista no era yo si no un cuadro que tenía detrás. Es la forma perfecta de disimular que quieres copiarle la decoración a un amigo.

El problema de este tipo de cosas llega cuando buscas en Internet el elemento en cuestión y descubres que ese lienzo vale casi 90 euros. Y es que no eres consciente de todo lo que hay dentro de una casa hasta que tienes que comprarlo. Pero sin duda alguna, si hay un objeto que gana a todos los demás son las sillas de comedor.

Tanto es así que he llegado a la conclusión de que es la segunda cosa más cara del mundo, sólo superada por la tinta de impresora. Justo en ese momento es cuando empiezas a volverte ecologista y crece en ti la idea del reciclaje. Empiezas a andar por la vida con una especie de radar de alta capacidad que se activa en cuanto oyes que alguien dice “voy a cambiar los muebles de mi salón por unos nuevos”. Es ahí cuando, casi sin pensarlo, le pides a esa persona eso de “antes de tirar algo avísame que igual me sirve a mí”. Aunque tenga el mismo gusto que Lady Gaga. Lo cierto es que cuando vas a amueblar una casa teniendo 30 años no sólo tienes que pensar en que los muebles sean bonitos, también deben ser resistentes… Lo digo por la cantidad de personas que se han apuntado a la fiesta de inauguración que voy a tener que hacer. Comprarte una vivienda hace que te sientas como el tío más popular del mundo. Comienzas a recuperar amistades de esas que habías perdidos y con las que, con suerte, hablas una vez al año. Ahora, de repente, se apuntan a tus cenas e, incluso, te proponen quedar contigo porque “justo van a venir este fin de semana a tu ciudad” y, ya puestos, te piden quedarse a dormir en tu nueva casa.

Y es entonces cuando te acuerdas de tu madre y de frases como “esto no es una pensión”, “¿Quién te crees que soy? ¿La sirvienta?” o incluso “Es la primera vez que me siento en todo el día”. Porque el rey de la casa tendrá nuevos dominios pero nunca serán tan cómodos como los anteriores.